Solidaridad de Temporada

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En el mes de septiembre, cada año, reaparecen las campañas publicitarias que nos invitan a comprar colecciones de las cosas más variopintas; muñecas, relojes, soldaditos de plomo, abanicos. También se incita a la compra de lecturas por entregas; desde los clásicos griegos y latinos a la novela policíaca, pasando por fascículos de cocina o de ‘renueve su jardín’.

Al acercarse la Navidad, por supuesto los juguetes, los perfumes, la ropa o los dulces típicos saturan los anuncios de los medios de comunicación. Si entre los que leen estas líneas hay personas aficionadas a la escucha de la radio o son de los que no huyen en los segmentos de publicidad de la televisión, es posible que hayan observado cómo ha crecido la frecuencia de los anuncios de campañas solidarias.

Es de suponer que los publicistas consideran las fechas navideñas un momento propicio para la ternura y esa solidaridad blanda, que se agita con los fríos del invierno o que se caldea con desgracias naturales como terremotos, tsunamis o inundaciones.

Nos venden toda clase de productos, acompañados de la imagen o de la voz de figuras del deporte o del mundo del espectáculo, asegurándonos que así ayudaremos a combatir tal o cual enfermedad o que salvaremos de la ignorancia y la tristeza a cientos de niños de países deprimidos. Esta muy bien. Es bueno que nos recuerden que hay un mundo en peligro y sufriente que merece nuestra atención.

Pero el hambre y la miseria, la explotación y la violencia no son fruta de temporada. No cesan ni dan tregua en ninguna estación del año. No nos podemos permitir, por tanto, que nuestra solidaridad sea intermitente y sincopada.

La solidaridad no es fruta de temporada. No es algo que nace como un chispazo, al estimulo de un instante o de una circunstancia. La solidaridad exige un esfuerzo continuado. La solidaridad es para corredores de fondo.

Es cierto que en momentos concretos hay que acudir a apagar fuegos y remediar desastres. Sin embargo, los marginados, los excluidos, los pobres, los que no tienen esperanza, esos están ahí todo el año. No puede ser que acallemos nuestras conciencias y, comprando un calendario, compensemos el despilfarro que acarrean las fiestas de Navidad. Todo el año, toda la vida es tiempo de solidaridad.

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